Lo vi de espaldas y no lo reconocí.
Claro que no. El tío que tenía delante medía lo mismo que recordaba, sí, pero ahí acababa el parecido con el hombre que había conocido en el instituto. La camiseta negra se le pegaba a una espalda ancha, trabajada, de alguien que lleva años en el gimnasio sin hacer publicidad de ello. Los brazos salían de las mangas con ese volumen natural que no busca impresionar. Y cuando se giró a pedir en la barra, vi la barba. Espesa, oscura, con canas en la mandíbula que no hacían más que sumarle.
Murcia en Orgullo tiene algo particular. No es Madrid. No es Barcelona. Las calles del centro se llenan, la música sale por todas las puertas, hay banderas por todos lados, pero siguen siendo las mismas calles de siempre y la gente se conoce. Te tropiezas con caras del pasado en los sitios más raros.
Me puse a su lado casi sin querer, esperando que el camarero me mirara, y entonces se giró del todo.
Tardé cuatro segundos.
— ¿Óscar?
Frunció el ceño. Me escaneó de arriba abajo. Y luego esa sonrisa, que era exactamente igual que la recordaba, solo que ahora iba envuelta en barba y en diez años más de vida encima.
— Joder. — Se echó un poco hacia atrás para verme mejor. — Cuánto tiempo.
Óscar Navarro. Profesor de Historia de segundo de bachillerato. Tendría ahora unos cuarenta y muchos, cincuenta quizás, y estaba considerablemente mejor que cuando daba clase. Entonces era un tío atractivo y yo con diecisiete años lo sabía, aunque no hubiera hecho nada con ese saber. Ahora era otra cosa. Ahora era un muscle bear con cara de pocos amigos y mirada tranquila, y yo tenía treinta y tantos y sí sabía qué hacer con eso.
Pedimos dos cervezas. Nos pusimos al día de esa forma en que lo haces cuando hace mucho tiempo y tampoco es que tuvieras una amistad, pero hay algo ahí que hace que no quieras que la conversación acabe. Él llevaba unos años en Murcia, había dejado el instituto, daba clases en la universidad. Historia contemporánea. Le pregunté si sus alumnos de ahora aguantaban igual de quietos que nosotros y se rió.
— Menos — dijo. — Pero algunos compensan.
No sé exactamente cuándo cambió el registro. Fue gradual y no tanto a la vez. La música estaba alta, nos íbamos acercando para escucharnos, y en algún momento dejé de notar la música.
Lo que sí noté fue que me sacaba cinco centímetros. Que cuando se inclinaba para hablarme cerca del oído yo sentía el peso de su mano en mi hombro como algo completamente natural. Que olía bien, a sudor limpio y a algo amaderado que no era colonia cara sino simplemente él.
Y que me estaba mirando de una forma que no tenía nada de pedagógica.
— Siempre fuiste de los que me daban trabajo — dijo.
— ¿Sí?
— Preguntabas demasiado. — Una pausa. — No era una queja.
Me quedé callado. Él tampoco añadió nada. Solo me miraba con esa calma que tiene la gente que sabe exactamente lo que quiere y no necesita correr.
— ¿Dónde tienes el piso? — le pregunté.
— A diez minutos andando.
— Pues venga.
Salimos a la calle y el calor de julio nos cayó encima de golpe. Murcia de noche en verano sigue siendo Murcia, treinta grados y el aire quieto. Caminamos sin prisa, hablando de cualquier cosa, y en algún momento su mano rozó la mía y se quedó ahí. Sin teatro. Sin pregunta. Se quedó ahí y punto.
El piso era amplio, con libros por todas partes, ordenado con esa lógica propia que tienen los pisos de la gente que vive sola hace tiempo. Encendió una lámpara del salón, dejó las llaves, y cuando se giró yo ya estaba a medio metro.
La primera vez que nos besamos noté tres cosas casi a la vez: que la barba raspaba fuerte, que era más alto de lo que parecía desde lejos, y que no tenía ninguna prisa. Ninguna. Me besó despacio, con las dos manos en mi cara, con ese tipo de calma que es más erótica que cualquier urgencia porque te dice que esto va a durar.
Nos fuimos quitando la ropa en el pasillo y en la habitación, sin pausa pero sin carreras. Cuando le saqué la camiseta me quedé un momento parado. El pecho poblado de vello oscuro con canas, el vientre con volumen sin ninguna disculpa, los hombros anchos de alguien que se ha construido así a lo largo de los años sin proponérselo como proyecto estético. Me quedé mirándolo y él me dejó, sin pose, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados y una media sonrisa.
— ¿Qué? — dijo.
— Nada. — Era verdad. Era solo que estaba muy bien mirarlo.
Se acercó, me cogió por la nuca con una mano, y me besó otra vez. Más fuerte esta vez. La barba me arañó la barbilla y el labio inferior y me importó exactamente nada. Me empujó suavemente hacia la cama sin dejar de besarme y yo me dejé llevar sin ningún problema.
Cuando me tumbé y él se puso encima, su peso encima del mío fue de esas cosas que te hacen dejar de pensar. Completamente. Su pecho contra el mío, sus caderas entre mis piernas, sus manos moviéndose por mi cuerpo con esa precisión pausada de alguien que sabe leer bien a la otra persona. Sin preguntar demasiado. Probando, notando, ajustando. Tenía esa cosa de los tíos que llevan años follando bien, que es distinta a la energía de los de veintitantos. Menos velocidad, mucho más criterio.
Me bajó por el cuello con la boca, despacio, mordiéndome un poco justo en el punto donde el cuello se une al hombro. Me quedé quieto con los ojos cerrados. Siguió bajando. Se tomó su tiempo con cada parte, sin saltar, sin impacientarse, y cuando llegó a donde quería llegó y yo ya llevaba un rato con la respiración bastante comprometida.
Lo hizo bien. Muy bien. Con esa boca y esa barba que raspaba en los sitios más inesperados y sus manos sujetándome las caderas con firmeza, sin brutalidad pero sin delicadeza innecesaria tampoco.
Cuando paró y subió a besarme yo estaba bastante ido.
— Date la vuelta — dijo. Voz baja, tranquila. No era una orden exactamente. Era algo más eficaz que una orden.
Me di la vuelta.
Tardó un rato en penetrarme, con paciencia, preparándome bien, una mano en mi espalda baja y la otra en mi cadera. Cuando lo hizo fue despacio y yo noté cada centímetro. Me quedé quieto un momento adaptándome y él también se quedó quieto, inclinado sobre mí, con los labios cerca de mi oído.
— Bien — dijo, solo eso, y algo en esa palabra dicha así, con esa voz, me puso más que cualquier otra cosa de la noche.
Empezó a moverse. Lento al principio, con un ritmo sostenido que fue cogiendo cadencia. Una de sus manos me recorrió la espalda de arriba abajo y volvió a mi cadera para sujetarme mejor. Su pecho contra mi espalda, su peso sobre mí, su respiración que se fue haciendo más intensa sin perder el control. Me tenía exactamente donde quería y los dos lo sabíamos y eso en sí mismo era una parte del asunto.
Fui notando cómo se acercaba por cómo cambiaba el ritmo, cómo apretaba un poco más, cómo su respiración se hizo más corta y más honda a la vez. Cuando acabó lo hizo enterrado hasta el fondo, con un sonido grave y contenido que se me quedó grabado.
Nos quedamos un rato sin movernos.
Luego se tumbó a mi lado y encendió el aire acondicionado desde el móvil sin levantarse de la cama. Yo me reí.
— ¿Qué? — dijo.
— Nada. Que eres muy práctico.
— Soy profesor. Aprendo a optimizar.
Salí de su piso cuando empezaba a clarear. Las calles de Murcia a las seis de la mañana son de otra ciudad. Caminé despacio, con ese cansancio bueno en el cuerpo, sin pensar demasiado.
Hay encuentros que no necesitan tener continuación para haber valido la pena. Este era uno de esos. O eso pensé mientras arrancaba el coche.
Hasta que me llegó el mensaje.
La próxima vez que estés en Murcia, avisa.
Guardé el número sin pensarlo dos veces.



